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Creer que con la muerte acaba todo

...Con la muerte corporal, no fenece del todo, sino que se parte en dos: el alma

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Erasmo de Rótterdam

Dijo un filósofo de gran nombre: “De todas las cosas terribles, la más terrible es la muerte”. Pero que no había oído a aquel otro Filósofo celestial que nos enseñó, no solamente con palabras, sino también con ejemplos evidentes, que el hombre, con la muerte corporal, no fenece del todo, sino que se parte en dos: el alma, que como de una cárcel donde toda incomodidad tiene su asiento, sale para la bienaventuranza y el reposo; y el cuerpo, que algún día revivirá para de nuevo asociarse con ella en la gloria. Aquel filósofo, que se llamó Aristóteles, tampoco había oído aquel axioma  del Espíritu Santo: “Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor”. Ni había oído al apóstol San Pablo lamentándose y suspirando: “Ansío mi disolución y estar con Cristo.” Ni aquello otro: “Mi vida es Cristo, y el morir me será ganancia.”

Pero no es de maravillar si algunos creen que con la muerte acaba el hombre todo, y no abrigan aquella esperanza que la fe en Cristo nos inspira, y al deplorar la muerte de los otros, sienten horror y abominan de la suya. Lo que en realidad produce asombro es el hecho de que sean tantos los que a mí se asemejan, quienes, habiendo aprendido la totalidad de la filosofía cristiana y haciendo profesión de ella, temen tanto a la muerte como si creyeran que, luego de exhalada el alma, nada del hombre sobrevive, o desconfiaran de las promesas de Cristo o desesperaran absolutamente de sí mismos.

Está fuera de toda controversia que la generalidad de los mortales experimenta ese pavor al recuerdo de la muerte, en parte por la flaqueza de su fe, y en parte, por la desordenada afición de las cosas humanas. Ignora lo que es temblar el que, con plena confianza y con ascenso total, dice aquello del apóstol “si vivimos para el Señor, vivimos, y si morimos, morimos para el Señor”. Así que, ora vivamos, ora muramos, somos del Señor. Lo que el Señor ha tutelado una vez bajo la sombra de sus alas, no puede parecer.

 

*Fragmento tomado de Un pésame para consolar, José Rojo de la Vega y Patricia Negrete. Editorial Diana

 
FECHA-->2011-5-29
 
 
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